"La ciudad de Dios" de San Agustín

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Tapa: Dura

Editorial: Orbis Editorial

Estado: Usado

Ubicación: Vereda del Lago

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Una de las grandes obras de San Agustín, a parte de Las Confesiones, es La Ciudad de Dios, que se trata de una propuesta sobre una nueva forma de sociedad civil, que pretende impulsar los valores de la humanidad en virtud de vivir conforme a la doctrina cristiana. También es escrita para responder a las críticas que los paganos hacían contra el cristianismo. Esta obra se escribió en los años de la vejez de San Agustín, entre el 412 y el 426, el idioma en el que fue escrito originalmente es el latín, sin embargo tomaré la traducción de Clemente Fernández como referencia para plantear mi análisis, me basaré también en la selección de textos de la BAC

Esta obra esta dividid en 22 libros que describen hasta cierto punto la utopía de una sociedad celestial que se debe empezar a vivir ya en la tierra y cuyos principios están en contra de la sociedad pagana.

San Agustín motivado por enseñar las verdades de fe que han sido olvidadas, no enseñadas u opacadas por otras corrientes politeístas que habían dentro de la sociedad civil romana, redacta una apología contra los incrédulos, en la cual se empieza afirmando que el amor de Dios a su creación le llevó a tomar la decisión de prometer una ciudad muy especial, que trasciende los límites de lo terreno para aquellos que emprendan el camino de obrar según sus mandatos, “la ciudad de Dios o ciudad celeste”, ya que Dios que es justo, da a cada quien lo que se merece, según sus acciones. Esta ciudad se encuentra en lo eterno, en lo inmutable, en aquello donde nada perece; esta ciudad ya había sido prometida dentro de las escrituras, más para alcanzarla dice San Agustín que solamente el hombre bueno podrá llegar a ella, pero, ¿qué se necesita para ser un hombre que obra según los mandatos de Dios? Ante todo se hace referencia a que la persona es dotada de la capacidad de libertad, de decidir cómo obrar en su realidad, porque el mismo Dios ha donado a los hombres este libre albedrio que le da a cada uno la capacidad de actuar según su propia voluntad en “la ciudad terrena”, del mismo modo, se hace la distinción de que Dios “hizo al hombre animal racional de alma y cuerpo”, e incluso esta racionalidad nos permite conocer y distinguir lo mutable de lo inmutable. Por este motivo, éste debe ser consciente de todas sus acciones, orientándolas a la búsqueda de la verdadera felicidad que es Dios mismo, quien es el autor por excelencia de toda la creación, afirma San Agustín. Sin embargo, algunos hombres habiéndose dejado llevar por la perversión de su voluntad, gozan para sí mismos de los bienes terrenos que la divinidad les ha otorgado libremente, convirtiéndose en egoístas y en viciosos del placer mundano. En cambio, lo ideal que plantea San Agustín seria que “de las cosas temporales debemos usar, no gozar, para merecer gozar las eternas”.

Debido a que la moral del hombre debe encaminarse al bien del yo, y al del otro, cristianamente conocido como el amor al prójimo. Para esto mismo, San Agustín, afirma que Dios aparte de los sentidos externos que le ha concedido al hombre, le ha dado un sentido interno que proviene de lo divino, el cual lo ilumina y le hace darse cuenta de que ama aquello que lo ha creado, en consecuencia esto lo lleva a saciar este vacío, esto lo logra en la adhesión plena a la voluntad de Dios, en cambio, aquel que no se adhiere a Él no alcanza la felicidad eterna, sino una perecedera.

“Los ciudadanos de la ciudad terrena dieron la primacía a sus dioses sobre el Fundador de la Ciudad de santa, sin advertir que El es el Dios de los dioses, y no de los dioses falsos, o sea, de los impíos y soberbios”. Este es un claro ejemplo que sale a relucir por lo que anteriormente afirmaba San Agustín, el error ha sido que los paganos al adoptaron otras deidades, que fueron creadas por ellos mismos, los cuales los llevan a amar desordenadamente las cosas de la tierra, inclinándose así hacia el mal, y a caer en el vicio de complacerse a sí mismos, porque lo que es obra del hombre puede segar el espíritu impidiendo que la luz de la divinidad ilumine el corazón de la persona.

Por otro lado San Agustín hace consciente al hombre de que “esta vida no es más que una carrera hacia la muerte. No permite a nadie detenerse o caminar más despacio, sino que todos siguen el mismo compás y se mueven con la misma presteza”.[4] De esta manera si el hombre quiere ser partícipe de “la ciudad de Dios” cuando la vida abandone su cuerpo, tiene que aprender a manejar su voluntad, aunque también para gozar de lo eterno aquí en la tierra, no debe corromper su corazón, poniendo su felicidad en las cosas efímeras y pasajeras, como en el dinero, el poder, el exceso en el comer y en el beber, la concupiscencia, la avaricia, o simplemente en las cosas materiales de este mundo que no están ordenadas hacia Dios, sino que más bien, tiene que fijar su mirada en los bienes celestiales, para así poder ir también gozando en la tierra de la paz en el alma y en el cuerpo, porque “la paz del cuerpo es la ordenada complexión de sus partes; y la del alma irracional, la ordenada calma de sus apetencias”. En este sentido, San Agustín pretende aclarar que el alma, la cual es una cualidad del cuerpo, es trascendente, y por tanto puede ser partícipe de lo celestial porque es incorruptible, sólo cuando ésta domina su voluntad y controla sus deseos desordenados.

En efecto, dentro de esta sociedad, donde el hombre es responsable de su comportamiento y hace un uso correcto de las cosas temporales, es en este sentido que se revela la política dentro de la ciudad terrenal, en la correcta visión de alcanzar la ciudad celestial, que consiste en el servicio, la humildad, la unidad y en el respeto a la dignidad de la persona en sí misma y en los otros, e incluso dice San Agustín, que la autoridad de los que tienen poder en la sociedad debe estar en función de los demás, porque “no mandan por deseo de dominio, sino por deber de caridad; no por orgullo de reinar, sino por la bondad de ayudar”. de ello que los que controlan la sociedad busquen la justicia dando a cada uno los deberes y derechos que le competen, para que así los ciudadanos se sometan a sus autoridades y a las leyes mortales, mientras están de viajeros en la vida temporal.

Por último, parece muy evidente que San Agustín recomienda que si el hombre pretende alcanzar la paz y la felicidad celestial, es tarea que desde ahora vaya perfilando su alma a la entrega desinteresada por el prójimo y al amor del único Dios que lo ha creado, porque la ciudad de Dios se empieza a vivir ya aquí en la tierra, sin embargo se encuentra en una continua lucha con la ciudad terrena, ya que en ésta habitan seres que no reconocen a su creador, poniendo sus felicidad en las cosas temporales, que ciegan su amor hacia sí mismos, debido a que han desviado su voluntad por caminos desordenados. En conclusión es tarea del ser humano vivir “la doble ciudadanía por la cual el hombre puede ser miembro de la ciudad de Dios, sin dejar de ordenar su vida temporal, dentro del marco de la sociedad civil y de acuerdo con sus normas”.

San Agustín
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Ficha técnica

Autor
San Agustín de Hipona
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